lunes, 9 de mayo de 2011

La cicatriz de Marlene

Este mes de mayo la revista Historia y vida dedica un interesantísimo artículo a Marlene Dietrich. Con el título La cicatriz de Marlene, el artículo habla sobre la relación de Marlene con los nazis, con la Alemania de su tiempo, con exiliados y refugiados, con compañeros del gremio que también se opusieron al régimen, etc. También habla sobre su paso por la Segunda Guerra Mundial como estrella al servicio de la moral del bando aliado, y también como una soldado más.


La Dietrich en el frente. Un soldado más.
El artículo comienza cuando Marlene, ya afianzada como una superestrella en 1932, amenazó a la Paramount con volver a Alemania si Josef von Sternberg dejaba de dirigirla. A partir de esta anécdota cuentan cómo Rudolph Sieber, su marido, mantenía informada a la estrella desde Europa, sobre el amenazante auge del fanatismo nazi en Alemania, y de cómo ella se dio cuenta de que jamás podría volver a su patria "mientras semejante hombre siguiera fanatizando a las masas"

También explica las ofertas de Goebbels a Marlene para volver a Alemania y convertirla en la joya de la corona del cine alemán y de cómo ella declinó siempre esas ofertas que después se convertirían en acoso, luego en acoso y derribo, para acabar sometiendola a un escarnio público y convertirla en una vergüenza para el pueblo alemán.

Aunque no de manera completa, el artículo también hace un repaso a los altibajos de su carrera durante los años previos y posteriores a la guerra, de cómo Marlene se cambió de actriz a cantante, de su colaboración con la OSS en la ejecución de la guerra psicológica dirigida contra los países del Eje -El nacimiento del mítico Lili Marleen- y la eterna encrucijada personal con su identidad alemana.

No cuentan nada que no sepamos quienes hayamos leído sus biografías, pero sí me parece interesantísimo para quien se quiera iniciar en Marlene, para quien no conozca demasiado este apartado de su vida, o para el que le interese la Historia del siglo XX. Y además, con unas fotografías muy buenas.

"Detestaba a los nazis, y tras dar la espalda a un país que ya no reconocía como suyo, puso su talento al servicio de la causa aliada. Pero nunca dejó de sentirse alemana. Esa contradicción y su experiencia en el frente la marcaron profundamente"

"La prensa alemana afeó su falta de patriotismo y atacó sus películas, que al final se prohibieron"

"Furiosa porque los nazis pensaran que podía considerar sus propuestas, pidió la ciudadanía americana"

"Al actuar para las tropas, rechazó todo tratamiento especial; ella dormía y comía como los reclutas"

Javier Moncayo, periodista. Autor del artículo "La cicatriz de Marlene" publicado en mayo de 2011 en la revista "Historia y vida"

Marlene en los períodicos de los años 30

Una vez más me reitero; Marlene es Historia.

viernes, 6 de mayo de 2011

Los ángeles no mueren



En un día como hoy, hace 19 años, los cielos se abrieron y lloraron al emprender el Ángel azul su última travesía. Marlene Dietrich nos dejó, tras mucho vivir y dejar una huella profunda y a perpetuidad en nuestra historia. Se elevó desde París, más etérea que nunca, y se catasterizó para que todos pudieramos recordarla y disfrutarla, de aquí a la eternidad.

Aunque lo más posible es que si ella estuviera leyendo esto y pudiera contestarme, diría "Sentimentalismo barato. Cursilerías innecesarias. Morí, y punto, como todo el mundo"

Sí, porque ella, mujer inteligente, intelectual y pensadora, práctica y terrenal, lo que pensaba de la muerte era lo que muchos pensamos sin temor, y lo que otros ven con pavor:

¿Piensa en la muerte?

-No, en absoluto.

-¿No le tiene miedo a la muerte?

-No. Se debe temer a la vida, no a la muerte. Uno no se entera de nada. Se acabó.

-¿Cree que existe algo después?

-No, no... Eso son tonterías. No voy a creerme que estemos todos volando ahí arriba. ¡Es imposible!

-Muchos filósofos han reflexionado sobre ello...

-¡Todo eso viene de la Biblia! Para consolar a la gente nos dicen que nos vamos al cielo. No hay quien se lo crea.

-¿Y a lo largo de la vida no ha pensado en lo que puede venir luego?

-No. Yo solo pienso en el presente y en lo que tengo que hacer. Que no me vengan con que todos viven en el cielo. Estaría llenísimo. ¡Tanta gente volando por ahí!
Cuando se ha estado en la guerra, viendo morir a cientos de miles de personas... y ahora todos ahí arriba...  No es posible.  Yo no creo en ningún ser supremo, a no ser que éste esté loco.

(Extracto de las entrevistas de Maximilian Schell a Marlene en su vejez)


Querida Marlene. Puede que tú y yo pensemos lo mismo sobre la muerte. Sobre la otra vida, sobre los seres supremos y todas esas fábulas. Pero en estos casos es imposible no recurrir precisamente a eso, a la fábula, al estilo poético y a hablar de tí como de mitología. No es desacertado y al fin y al cabo no es del todo ficticio. Nadie muere cuando permanece en el recuerdo para siempre. Para muchos, como yo, estás en el cielo, no en un cielo convencional ni religioso. Estás en un cielo muy personal y seguirás brillando desde algún lugar.

Eternamente;
Serch.




Luis G. Berlanga:

Ayer se cerraba definitivamente uno de los capítulos más sugestivos y evocadores de la historia del cine.
Marlene Dietrich, actriz fascinante, cuya figura pobló las fantasías de varias generaciones de cinéfilos, murió tan silenciosamente como había vivido durante las últimas décadas. La última diosa del celuloide es ya para siempre el ángel azul, aquel personaje que creara para ella Josef von Sternberg y que se convirtió en el prototipo aún no superado de la mujer fatal, de la carne encendida por una antorcha de hielo, de una pasión capaz de iluminar las estancias más sombrías del alma y calzinar a la vez toda esperanza. Quedan en el universo del cine magníficas actrices, pero con Marlene desaparece el último mito, la última figura moldeada con la misma materia que los sueños.

(Artículo de Luis G. Berlanga publicado un día después de la muerte de Marlene, el 07 de Mayo de 1992)



José Luis Garci:

Durante el verano de 1960 [...] me enamoré de una chica que estudiaba Idiomas. Preparé las oposiciones para entrar en el Banco Ibérico, y oí cantar en el Retiro a Marlene Dietrich.


Fue una noche de Julio, en Pavillón, a dos pasos del Estanque. Los árboles nos defendían de los yacimientos de calor que llegaban de Ventas y de Atocha. Junto a la puerta de aquella bonita sala de fiestas había un luminoso de neón, rosado, en vertical, "Marlene", y muchos coches aparcados, diez o doce. También llegaban taxis sin parar a un parque del Retiro que nunca fue más Prater, a un Madrid que parecía Viena.


La chica que estudiaba Idiomas, y yo, bien cogidos de la mano, fuimos de los primeros en pillar sitio al lado de la tapia trasera. Pavillón se llenó, desde luego, pero en los alrededores no cabía un curioso más. Gentes de toda condición, que en ningún otro lugar hubiérase reúnido, que dijo Don Jacinto, comunicábase allí su regocijo y su nerviosismo.


Marlene, a punto de cumplir 60, "la abuela más joven del mundo", empezó a cantar a eso de las doce. Tenía la voz oscura, densa, enérgica, y un poco turbia. Cantó en inglés, en alemán y en francés. Pero mi amiga apenas pudo traducirme unas palabras. En alemán no cogió nada. En inglés "Love" "Darling" y poco más. Tuvo que ser mi francés del bachillerato quien rescatara "Amants" y "Paris, Paris, ville d'amour". Sólo al final, cuando aquella rubia de los años treinta cantó "Lili Marlen", la muchedumbre del tendido de los sastres, movió la cabeza a un lado, a otro, muy despacio, sonrió, y aplaudió con fuerza. Y eso fue todo. Antes de la una, todos a casa.


Ay, si Marlene nos hubiera visto allí, sentados en el suelo, fumando, alrededor de la tapia, bebiendo agua de las fuentes cercanas, habría creído sin duda que nosotros éramos las tropas, sin uniforme, de otro frente aliado. [...]

Marlene tenía un estilo heredado de los años 20 que languideció con su tiempo. Sus cejas eran tan finas que no llegaron a ser exóticas. Y el "rouge", como muy bien descubrió Mercedes de Acosta, uno de sus grandes amores, no le iba en absoluto. Pero otros amores de Marlene, Jean Gabin y Erich Maria Remarque, por ejemplo, descubrieron en ella una maravillosa mujer de su casa, una cocinera de asombro y una prusiana suave y ligera.


Más que sus muslos legendarios, los hombres de los treinta amaron aquellos pantaloncitos con puntillas que se entreveían cuando se sentaba, y sobretodo, las medias negras que sujetaban unas ingles poderosas, limpias y algo anatadas.

El milagro de transformar aquella alemanota en una estilizada chica Penagos, lo hicieron a medias Sternberg, el fotógrafo Lee Grames, algo de niebla, y los geniales chicos y chicas que peinaban, maquillaban y vestían en Paramount.
Reina del claroscuro, Marlene absorvió como ninguna la luz cruzada de los estudios, los proyectores laterales, y la bruma de los difusores. Suyo será siempre todo el glamour del Kitsch.

Me gusta en Angel, de Lubitsch, y me fascina en Marruecos, en esa ramera que sigue a los legionarios por un desierto californiano y que pierde la cabeza por Gary Cooper cuando éste graba su nombre -Amy Jolly- con la punta de su navaja en una mesa de madera.

Imagino a Marlene en Villa Luisiana, aquel hotelito [...] La imagino abandonando al escritor, subiendose en la limousine, alejándose por Arturo Soria, mientras el cielo se vuelve violeta y en algunos ventorros con jardín los últimos noctámbulos juegan a la rana borrachos de anís. Justo en ese instante, y con esa elegancia que no se hereda, Felipe Trigo se suicida. Terminan los años veinte. Para Marlene empieza la vida.

Mañana, hoy ya 7 de Mayo, saldré a rodar muy temprano. Sé que va a ser un buen día para filmar amaneceres.

(Artículo de José Luis Garci publicado tras la muerte de Marlene Dietrich, el 7 de Mayo de 1992)


lunes, 2 de mayo de 2011

¡Feria!

Estaba yo pensando en lo abandonado que tenía mi blog. Una serie de vicisitudes inesperadas hizo que tuviera que ausentarme un poco de la red, y después la costumbre hizo el resto. No publicar nada en meses. Algo que nunca quise que ocurriera cuando comencé a escribir, pero que al final ha ocurrido.

¡No pasa nada! Después de todo, nunca es tarde para hablar de Marlene. Por que ella... nunca cae en el olvido.


Veo los nuevos seguidores, y me alegro mucho. No por mi blog, que blogs podrán haber muchos, sino por la Dietrich. Por su memoria.


Y para volver, aunque un poco más light, me ha parecido que ahora que en Sevilla comienza la Feria de Abril... ¿Qué mejor que poner una foto de aquella Marlene española tan exquisita? La Concha Pérez, la vampiresa castiza de esa España rural del siglo XIX. Esa reminiscencia de la Carmen de Bizet. La Dietrich en El Diablo es una Mujer. Una sevillana rubia platino hablando en inglés con acento alemán. ¡Una joya!

La foto la coloreé yo mismo. Es una afición que tengo desde hace tiempo, igual que el desaparecido Terenci Moix, que las divas le tengan en su gloria.

viernes, 14 de enero de 2011

¡Una cursilería!

Ya que estamos hablando de 'Fatalidad' seguiremos con un diálogo que mantienen Maximilian Schell y Marlene sobre las dos últimas escenas de la peli, en las conversaciones del documental que Maximilian hizo sobre Marlene. Os daréis cuenta de que la Dietrich, ya octagenaria, no opina lo mismo que sus fans y los historiadores de cine.


Marlene, la espía, al teléfono.

Debajo del diálogo os dejo el vídeo con la magnífica escena final de la que hablan, que no tiene nada de cursi, ni de horrible.

Marlene Dietrich: ¡Cómo muevo los labios!

Maximilian Schell: A mí me parece bien.

M.D. -¡Cursilerías!

M.S. -No, es estupendo.

M.D. -En aquella época yo era muy tonta. ¡No sabía! Le pregunté a Sternberg cómo debía caerme cuando me disparasen; si hacia delante, o hacia atrás. Como nunca me habían disparado, no lo sabía.

M.S. -Como si te dieran un golpe.

M.D. -Pero ¿cómo saberlo?

M.S. -Como un golpe.

M.D. -¡Sí, pero hay que saberlo! (Maximilan ríe) Soy muy práctica. No me gusta caerme porque sí.

M.S. -¿Se le ocurrió a usted la idea, o se lo indicó Sternberg?

M.D. -No, él siempre me lo ponía difícil para que aprendiera. Para que utilizara la cabeza y no me limitara a hacer lo que me decían, sino que pensase las cosas. Siempre me trató así.

M.S. -La idea de cuando el joven oficial dice que no puede disparar a una mujer y ella se pintase los labios...

M.D. -Me parecía terriblemente cursi... pero hago lo que me dicen.

M.S. -A mi no me parece cursi.

M.D. -Cursi y horrible.

M.S. -Sin embargo, este detalle que usted llama cursi ...

A continuación hablan sobre la escena en que el oficial busca a Marlene a la celda para conducirla al patíbulo. Ella le pide un espejo para ponerse su tocado y el velo, y el oficial, al no tener ninguno, le alza su sable para que se mire en él:

M.D. -Lo del sable... fue espantoso. [...] Recuerdo cómo alzaba el sable... me pareció horrible, pero nunca me discutí con Sternberg. Jamás.

M.S. -Él no cayó en la tentación de mostrar (su reflejo) el sable en la imagen.

M.D. -Sí... ¡Qué cursilería!

M.S. -Usted llama cursilería a las cosas que no le gustan.

M.D. -Es algo que odio.

M.S. -Al pensar en el número de Londres (Sus conciertos en los años 70) todo de color rosa...

M.D. -No me culpe a mí de esas cursilerías... Yo no sabía nada... Lo que yo hacía no era cursi.




Recordad que si queréis ver más videos de Marlene tenéis disponible mi canal en YouTube.

¡Un saludo y buen fin de semana!

lunes, 10 de enero de 2011

Mujer Fatal de Fatalidad

Aquí está la transcripción literal del inicio del librito de Fatalidad que comenté en la anterior entrada. Aviso que el estilo es altamente machista, pero describe de una manera muy hiperbólica y acertada a esa femme fatale que tanto nos gusta.

¡Alma de mujer! ¿Quién puede entrar en los abismos insondables de su misterio? ¿Quién puede saber el dolor, la dicha, la fidelidad, o la traición que encierra? En cada uno de sus recónditos pliegues oculta un sentimiento distinto. Lo mismo es propicia al odio que al amor, a la aventura que al temor... Lo único innegable en ellas es que a todos sus sentimientos predomina el amor. Por él la mujer más pervertida puede llegar a la sublimidad, lo mismo que la más buena puede llegar a lo más bajo y rastrero. El amor es un sentimiento en ella, tan innato como su propia existencia, y vive en su alma mientras ella vive. Lo difícil es saberlo descubrir, saber hacerlo brotar y una vez conseguido, esa misma mujer, sea quien sea, sea cualquiera la clase social que ocupe y la vida que lleve, llegará a ser lo que quiera el que supo despertar en su ser el amor.

Recorred los tugurios más infectos, los barrios más bajos, los lupanares más pervertidos y siempre hallaréis en todos ellos a mujeres prontas a sacrificar su vida por el amor que el hombre hizo nacer en ellas. Adentrar en sus vidas, investigar su historia y no dejaréis de hallar en cada una el motivo o la causa que las llevó a aquella depravación y que siempre es el mismo; el amor.

Y estas pobres mujeres, que como despojos de la sociedad, se amontonan en esos lugares, que se apartan del resto de los humanos, como contagiadas por una enfermedad fatídica, suelen ser heroínas de los más sublimes hechos. Nada tiene que perder, porque ya lo perdieron todo y para regenerar sus vidas, para ahogar en un grito de deber la voz de sus conciencias están siempre dispuestas a darlo todo, hasta su misma vida si es necesario.

Paso a paso, sangrando sus pies por los rastrojos de la vida, van subiendo su calvario interminable de dolor y de injurias, hasta llegar a la cima, donde en vez de la cruz redentora de sus pecados, encuentran la muerte desesperada, sin que una mano amiga cierre amorosamente sus ojos, abandonadas de todos y despreciadas por todos, hasta por los mismos que la ayudaron a subir el primer escalón de aquella cuesta, tan fácil al principio y tan cruel después.

La insensibilidad humana halla en ellas solamente motivo de mofa y de injuria, de desprecio o de lujuria, sin que nunca se detenga a pensar que también son seres humanos, que sienten y padecen con la misma intensidad que los otros, o más aún, porque ellas son madres del dolor y lo amamantan continuamente con lágrimas de sangre.

Y en uno de esos barrios, uno de los más bajos de la ciudad de Viena, en el año 1914 aglomerábase ante la puerta de una casa, una multitud que curioseaba afanosa, por saber quien era la mujer de aquel día.

Llovía a torrentes en aquella hora de la noche y las pobres mensajeras del amor, con el cuerpo entumecido por el frío y el agua, con sus pies encharcados en los baches de las aceras, seguían esperando, con resignación heroica, al comprador hambriento que quisiese comprar la carne de su cuerpo.

Seguía el público arremolinado en la puerta de la casa, mientras que paseaba tranquilamente, cerca de ella, una de esas pobres vendedoras. Se advertía en sus modales y en su actitud que había pertenecido a otra categoría social. Sus ojos miraban de cuando en cuando hacia el sitio en que el público se hallaba, y en su boca, divinamente trazada, se marcaba una sonrisa enigmática, que no podía decirse si era de piedad o de indiferencia. Cimbreábase su cuerpo ondulante, mecido por una brisa, mientras que su mirada posaba misteriosamente en los transeúntes que acertaban a pasar por su lado.

Anduvo unos pasos más, acercándose a la casa, pero se paró inmediatamente al advertir que se le escurría una media. Sin preocuparse del número de curiosos, levantó su falda y colocó la media en su sitio, con una parsimonia tal como si estuviera en su alcoba.

Nadie se fijó en la blancura nacarada de su piel, que dejó al descubierto, ni nadie se fijó tampoco en sus formas armoniosas, que precisaban el torneado simétrico de su pantorrilla, tan descuidadamente dejada al descubierto.

Cuando terminó la operación se acercó a la puerta, en el mismo momento que sacaban en una camilla a una pobre mujer, compañera de oficio, a quien la desesperación y el dolor habían llevado al suicidio. Uno de los reunidos allí murmuró:

-Este es el fin de todas. Debieran tenerle miedo a esta vida.

Otro de los que habían llegado últimamente se acercó a la que tan tranquilamente se había subido la media y le dijo:

-Ha elegido usted una vida muy peligrosa, jovencita.

La aludida sonrió tristemente y encogiéndose de hombros, como a quien nada le importa en la vida, le respondió:

-No se preocupe por mí. No le temo a la vida... ¡Ni a la muerte!

[...]

-¿Y por qué sigue usted en esta vida?

Y sentada en los brazos de un sillón, dejando al descubierto el nacimiento del muslo, replicó ella:

-Me da lo mismo ésta que otra.

(Narración literaria de Manuel Nieto Galán. 1931 aprox.)

lunes, 3 de enero de 2011

Fatalidad, un libro.

Lo que os enseño hoy es una auténtica reliquia. Una joyita de coleccionismo que me encontré hace unos años paseando por la Feria del Libro de Paseo de Gracia, en Barcelona. Una pieza de anticuario de las que tanto me gustan.

Se trata de una adaptación de Fatalidad (Josef von Sternberg, 1931) a mini-novela. Una práctica muy común con los estrenos más sonados de aquel entonces. Al pasar la primera página ya se indica:

Adaptación en forma de novela de la película del mismo título, interpretada por la eximia actriz Marlene Dietrich.

Tener esto entre las manos es toda una experiencia. Puedes sentir el paso de la historia pasando sus ajadas páginas, y leyendo sus textos. El estilo y el lenguaje con palabras ya en desuso. Sus hojas han temblado con los bombardeos de una guerra, el horror de una dictadura, y el silencio de un montón de años encerrado seguramente en algún bahúl de algún piso de Barcelona. Y ahora descansa en una estantería de mi habitación junto con otros objetos de Marlene.


Fue publicado por una editora barcelonesa entre 1931 y 1935, y contiene 96 páginas con el argumento de la película original en forma de novela, con un prólogo inventado -que no tiene desperdicio y próximamente transcribiré- y 16 fotogramas con subtítulos al estilo de una fotonovela de lujo. Su precio original es de una peseta. Yo lo conseguí por unos 10 euros. Un amigo mio que me acompañaba en ese momento se llevó uno de Joan Crawford -otra de mis heroínas- y la Cleopatra de Claudette Colbert.

De la película en sí ya hablaremos otro día, pero a quien no la haya visto, animo a que la vea, en versión original -siempre en versión original- porque del tándem Dietrich-Sternberg ninguna película tiene desperdicio, y aunque en mi modesta opinión esta es la más floja de las que hicieran juntos, tiene uno de los finales más grandes y memorables de las películas de la Dietrich.

domingo, 2 de enero de 2011

Un nombre, una marca.

¿Cuántas mujeres llamadas Marlene habrán ahora en todo el mundo? ¿Y sabrán cómo nació su nombre?

A los 13 años, la señorita Dietrich decide modificar su nombre, y no necesariamente como artístico sino como nombre complementario al que figura en su documento de identidad.

"Leni estaba pensando en modificar su nombre. En cuanto la maestra la volvía la espalda, ella se dedicaba a escribir variantes en las últimas páginas de la libreta, para probar el efecto. Marie Magdalene. Quedaba bien, con una e al final de cada nombre en lugar de la a. Como todas las criadas se llamaban Marie, tal vez ésta fuera la razón por la que su nombre terminaba en a. Con su tan estudiada y trabajada caligrafía alemana, escribió su nombre completo. Trató de abreviarlo: "Marialena"...  "Marlena"; le gustaba cómo sonaba. Quizás ahora quedara bien la e final que a ella le gustaba: "Marlene". Volvió a escribirlo: "Marlene". "Marlene Dietrich".  A los trece años, había inventado el nombre "Marlene"

(Extracto de Marlene Dietrich por su hija Maria Riva)



PS: Aprovecho para felicitaros a todos el año nuevo. Que tengáis salud, y que haya mucha paz y libertad.
¡Feliz año nuevo!